martes, 29 de mayo de 2018

Rotundamente negra -Shirley Campbell-

Me niego rotundamente
A negar mi voz,
Mi sangre y mi piel.
Y me niego rotundamente
A dejar de ser yo,
A dejar de sentirme bien
Cuando miro mi rostro en el espejo
Con mi boca
Rotundamente grande,
Y mi nariz
Rotundamente hermosa,
Y mis dientes
Rotundamente blancos,
Y mi piel valientemente negra.
Y me niego categóricamente
A dejar de hablar
Mi lengua, mi acento y mi historia.
Y me niego absolutamente
A ser parte de los que callan,
De los que temen,
De los que lloran.
Porque me acepto
Rotundamente libre,
Rotundamente negra,
Rotundamente hermosa.



Ese órgano

¿Por qué será que en los momentos más críticos, siempre sobrevuela la estela de aquel pasado jubiloso que en el presente no es posible recrear?
A modo de imágenes se deslizan uno a uno los recuerdos.
Las risas, continuación del impulso de descubrirse,
ésta vez sí pudiendo.
La mente, ese órgano que muchos analistas creen conocer, tiene ese poder indescifrable.
Transportarnos, cuando no lo necesitamos, a lugares que podrían ser actuales, pero que por decisiones, son memoria.
También puede crear y relatar.
Una noche más con la novela. Mientras el pensamiento quedó atrapado en esa idea que existía antes de comenzar el primer renglón.
Aquí es momento también de una decisión. Ahora que sí tengo el cuarto, cierro el libro, busco papel, lápiz, y me lanzo sobre ésta trinchera que me sostiene desde antaño.

Recuerdos.

Puedo relatar cada uno de mis sueños, muchos los escribí.
Salvo las pesadillas, atesoradas en el fondo de mi memoria.

Persecución y carne.

Es costumbre que no sepa en qué día vivo.
Hoy confundí jueves por domingo.
Este mundo nos llama olvidadizos, aún con recueros selectivos.

Puedo mencionar cada uno de mis insomnios,
muchos los escribí.
Salvo aquello importante. Catalogado como urgente
por todos los seres.

Pantalónes, billeteras, apuntes. También carne.

Quizás tenga que prestar más atención a los que cargo.
O escribir más sobre lo cotidiano.
¿Será éste el problema o la sabiduría de los que vivimos más allá que acá?


23/05/2017

martes, 23 de enero de 2018

Vacaciones/reivindico.


                                                                        “si quiero me toco el alma
                                                                        pues mi carne ya no es nada
                                                                        he de fusionar mi resto con el despertar”

Reivindico mi derecho a no estar alerta, a desestructurarme, a sentir. A estar conmigo misma y así resistir.
A llorar en medio del parque y que no me importe si me mira alguien. Hay algo grande a lo que observar, el Paraná.
A apoyar. Mi columna sobre el poste de luz. Recta hasta la última vertebra y respirar sin ver quién está atrás.
Creyendo ingenuamente que hago poesía en el dos mil dieciocho. Y haber creído lo mismo en los dos mil. Fue la primera, que guarda mi madre y recuerda mi hermana.
¿Qué hace el mundo por las mujeres? Y ¿Qué hacemos nosotras por nosotras mismas?
La podredumbre que empieza con p nos educa alertas, rígidas, en pose femenina; “cruzá las piernas”.
Si hay pelota hay que pegarle con las manos, aunque te duela; con los pies sólo tu hermano. Aunque a vos te gusten los pies, y a tu hermano las manos. ¿Por qué?
Como respuesta la misma que le dio la madre futbolera hoy a su niño, mientras se depilaba las cejas sentada en la reposera: “Pedro, a la pelota le tenés que pegar con el empeine”, “el mismo que podes usar para bailar”. También la voz del padre que mientras hacía las compras enseñaba a su hijo menor qué son los prejuicios en tono cuestionador.
Que vivan los aquelarres modernos en los que el diablo se viste de guitarra mientas las voces entonan la decena de brujas reunidas en el patio en donde asoma el color.

Amamos nuestro cuerpo por nosotras, no por la norma. La batalla cotidiana. Reírse de una. De la docente de historia que en la serie hace el papel de ella misma. Estructurada, obsesiva, feminista, que se cuida. Pero que parece que también se enamora y deja que la enamoren. Empieza a entender que se puede ser libre también amando, vacacionando de ella misma. 

viernes, 19 de mayo de 2017

"Patria".


Quizás sea la memoria de los antepasados que llegan al estómago y lo retuercen. Un tataratatarabuelo que recibió el mensaje: A los niños blancos les siguen pintando la cara con corcho. Pero a nadie disfrazan de blanco.
Quizás también pueda ser el recuerdo de esa foto. Una ronda y todos pintados, menos la negra. Siempre entre pasteles y empanadas, algún que otro año compartiendo la vergüenza con aquel compañero que justo perdió el diente un 25 de mayo. Porque claro está, los negros no tienen dientes.
A los nueve no quise ser más negra. Fui Dama Antigua, después de rebelarme contra mi misma. Y ponerlo en palabras frente a la seño. Quise ocultarme desde el pelo, porque mi color era sinónimo de mierda, de pobre, de feo. Abría la tabla de planchar, y aplastaba todas mis raíces. La primer planchita de verdad, fue un trofeo inconsciente a la sepultura de mi cultura. Hay otras historias que incluso cargan con lavandina en su ser.
Llega tarde el encuentro con la identidad. Ese día en que sin saber por qué la vergüenza se convierte en orgullo.
El día en que la historia oculta traspase los muros de las escuelas, el día en que se sepa que fueron 150 mil negros los que estuvieron frente a la independencia, no habrá más corchos ni lavandinas. El orgullo será colectivo y no tardará tanto en tirar a la basura planchitas.
Ese día el alma de los antepasados no se distraerá en dolores de panza, seguirá viva entre parches, candombes y bailes. Mientras tanto, como ellos nos enseñaron, hay que armarse de fuerza y resistir.

Las doce.

Son las 12 del mediodía. Pero para el reloj del cuerpo son las 12 de la noche. Todavía falta la mitad de la jornada laboral, cursar hasta las once de la noche y sobrevivir todo el viernes. El ocio se reduce a lo inexistente, o tal vez a una página de una novela. La exigencia convierte a la novela en apunte de una buena materia. Más bien a un párrafo de fotocopia (porque los libros salen un cuarto del sueldo). El descanso es también inexistente. Se cierran los ojos como por arte de magia y el despertar es seis paradas después del lugar.

Migrar.


Que no me vengan a hablar de dolor.
Dolor es dejar todo y no volver por no poder. 
Escapándose del poder al que contradictoriamente lo educó y por eso veneró. 
Que no me vengan a hablar de amor. 
Amor es ese lazo que conservó enfrentando kilómetros de mar.
Sin red social.
Que no me vengan a hablar de migrar.
Migrar es cumplir años y que ningún amigo -de los de verdad- te pueda saludar.
Es no poder enterrar a tu papá.
Y algunos tan sueltos de cuerpo, preguntan ¿por qué no te vas?